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  • ESTO NO ES UN TEXTO DE CONTRAPORTADA

    El texto de contraportada es una breve visión de tu libro, que debe atraer al lector a hojearlo y adquirirlo. La extensión ideal es de 150 a 200 palabras. Piensa en este texto como en un anuncio, resalta las partes importantes, incita a tu audiencia, pero, ¡no reveles el final!…

         Moriréis y aprenderéis el lenguaje de los muertos.

         Moriréis y cantaréis las canciones antiguas nunca antes cantadas

    …No te refieras a tu libro como “el libro”. Utiliza mejor el título en cursiva. Evita subrayar palabras y usar mayúsculas. No te refieras a tu audiencia como “el lector” o “lectores”…

    Las Canciones de los Durmientes, estimado lector, es la crónica en prosa poética de un lugar de tinieblas bellísimas como único emplazamiento válido para la única comunicación que importa, aquella que nos permite narrarnos a nosotros mismos desde la clandestinidad del mito, la fábula y la alegoría. Comunicación asociativa. Colectiva. Exformada. Psicodélica

    …Evita tópicos como “una lectura obligada” o “este libro cambiará tu vida.” El texto de contraportada no es una reseña del libro

    ESTO NO ES UN TEXTO DE CONTRAPORTADA

    Francisco J. Pérez

     

  • Layla Martínez nació en Madrid en 1987. Es licenciada en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense y graduada en Sexología por la Universidad de Alcalá de Henares, donde se especializó en sexualidad infantil y control social. Es autora del poemario “El libro de la crueldad” (La Vida Rima, 2012), y sus poemas y relatos se han incluido en antologías como “Apaches. Los salvajes de París” (La Felguera, 2015), “Alucinadas” (Palabristas, 2014) o “Serial” (El Gaviero, 2014). Colabora habitualmente con revistas como Diagonal y Culturamas y trabaja como traductora de inglés independiente. Desde 2014 tiene su propia editorial y distribuidora de libros y fanzines, Antipersona.

     

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  • I

    Los ancianos también habían sido pequeñas bestias hambrientas y egoístas, pero lo habían olvidado. Lo habían olvidado todo en aquella casa. La condición para entrar en aquella casa era olvidarlo todo, sobre todo los nombres. Todos los nombres tenían que ser olvidados. Lo único que recordaban los ancianos eran las canciones. Canciones que tarareaban obsesivamente y que hacían sangrar los oídos. Canciones extrañas que no tenían letra pero que hablaban de criaturas monstruosas que viven en el fondo de las piscinas. De mantis religiosas y de otros insectos que simulan oraciones pero que en realidad solo murmuran. Canciones que provocaban convulsiones. Que hacían salir espuma por la boca.

    Cuando salían al jardín no cantaban. Solo emitían alaridos. Gritos lentos y frenéticos y delicados que hacían pensar en insectos extinguidos y en tumores que se extienden lentamente. Nos prohibieron hablar con ellos. O alimentarlos. O dejarnos acariciar por sus manos temblorosas, porque ellos habían masticado todas las sustancias y habían lamido todas las manchas. Solo podíamos mirarlos a través de la verja, pero ellos ni siquiera nos veían. Sus pupilas lácteas les impedían conformar una manada, pero corrían por el jardín de forma violenta. Los ciervos huían de sus dientecitos anhelantes. Por eso los animales disecados que había por toda la casa. Por eso las jaulas.

    Pero los ancianos nunca estuvieron en la cima de la cadena alimentaria. Tribus hermafroditas comenzaron a acecharles escondidas entre los arbustos. Los cazaban de noche, cuando las formas tentaculares se movían lentamente por el fondo de la piscina. Después les cortaban el cabello y lo guardaban en frascos de cristal para dárselo de comer a los turistas. Por la mañana veíamos a los ancianos agitar sus cabezas calvas con desesperación, pero por la tarde el pelo les había crecido tanto que tenían que arrastrarlo por el jardín con violencia.