slider_oda

  • Jordi Valls (Barcelona, 1970). Es poeta y ensayista. En catalán, ha publicado los siguientes títulos: D’on neixen les penombres (1995), Natura Morta (1998), Oratori (2000), La mel d’Aristeu (2002), La mà de batre (2005), Violència gratuïta (2006), Última oda a Barcelona (2008, en coautoría con Lluís Calvo), Felix orbe (2010), Ni un pam de net al tancat dels ànecs (2011), Mal (2013) -libro traducido y publicado al castellano e italiano-, L’illa misteriosa. Ha sido galardonado con los premios:  Martí Dot,  Vila de Martorell, Senyoriu d’Ausiàs March, Premi Gorgos de poesia, Grandalla, Jocs Florals de Barcelona, siendo el primer “poeta de la Ciutat” en el período 2006-2007 y Rosa Leveroni. Su obra está incluida en antologías en catalán y en castellano, y ha sido traducida al inglés, esloveno: Milenio: Ultimísima poesía española (1999),  Dnevi poezije in vina (2008) e italiano: Trentaquattro poeti catalani per il XXI secolo (2014). Participó en 2015 en el II Encuentro Internacional de Poesía CDMX.

  • MONTJUÏC, BABILONIA
    Es injusto morir despacio,
    tan despacio,
    ahora que vivo una vida sin vivir
    ejerciendo la sentencia del dolor
    por las calles atiborradas de luces y esperas.
    Y no hay derecho a escribir boca abajo,
    pues es triste decir una cosa por otra
    cuando el sueño zurcido en la ribera
    dibuja, con dedos culpables,
    los cuerpos hundidos en el río.
    Hoy, en la terraza, embadurno los recuerdos
    desde un verano amarillo que me hurta el tiempo.
    Llega del mar un vivificante aliento de muerte.
    Del Tigris al Mekong, de Kandahar a Ocata
    la Tierra no es un salto de videojuego.
    Pero el sueño tiene un color de Babilonia
    que cuelga de tus ojos.
    Y ensimismado en el alféizar de los treinta grados
    me trago el falafel de Rashid
    y leo a Isaías, el profeta.
    La paz es un libro entreabierto
    en un jardín infinito.
    Y sólo espero el contorno que gira
    a cada instante, la rueda de colores
    que empuja el ábrego cuando sueño a gregal.
    Ciudad, ciudad de la sordidez y el astro,
    ¿por qué no dices quién te engendra y quién te hiere?
    Este es el jardín de un dios jorobado,
    curtidos los dedos por el tacto que adivina
    la flor que regresará, el hibisco o el iris
    que flota en medio de los muelles. Y más allá
    los suburbios, los nombres que no aparecen
    en los libros, el azar del tiempo y la nube
    que en el aire se desvanece, como el rastro
    de un avión que vuela, imperceptible,
    desde los dioses del Llobregat hasta los del Besòs.
    Todo esto es el mundo. ¿Soledad? Solo un deje
    que se transmite en el código de una genética violenta
    que desciende como la riada de la Rambla
    a media mañana. No soy el héroe que esperas,
    ni el rockero maldito ni el guerrillero Zapata,
    ni el Ghandi bondadoso ni el Johny Deep pirata.
    Porque, hoy, el amor es paz descafeinada,
    el billete de un transporte que ha caducado
    como el móvil del crimen que suena y resuena
    entre los brazos enemigos del azar.
    Esto es lo que hay.
    Y necesito acatar el precio que fijas
    como una vieja puta que se vende por un desayuno.
    Pero mi silencio termina cuando la mano muerta
    —no la mía ni la tuya, la mano de la abstracción—
    arranca sonidos de la guitarra
    y las cuerdas se arrastran hasta que los instrumentos
    demoran melodías imposibles de oír.
    Todo tiene un final y el nuestro llega justo antes
    de mostrar el suicidio de los padres en los hijos,
    quizá al lanzarnos ácido a la cara
    para evitar hallar,
    en un espejo, su angustia.
    Así sucede todo y no parece que el barco
    suelte amarras, ni levante del fondo marino
    el ancla pesada.
    Los delfines son carroñeros de puerto
    y ningún futuro se asemeja al que imaginábamos.
    Puedes hablar del amor en algún dialecto isleño
    y pensar que se quita las bragas delante de ti,
    pero cada isla es un espejismo
    que sólo trae quebraderos de cabeza.
    Despídete de las migas de pan dulce
    que has esparcido por el comedor de casa:
    la luna siempre estará de mala luna
    y te obligará a limpiar los restos del placer.
    Así ningún jardín ralentizará la vida,
    ni ninguna vista al mar ocultará la pérdida
    que planea por las azoteas como un halcón
    preñado de pájaros y voces.
    Porque los jubilados ya han llegado a las obras
    del nuevo cementerio, y en medio del yeso
    que lanzarán a su nicho espléndido
    extreman sus quejas y bostezos.
    Todo esto sobrará
    si, al huir del infierno, regreso a ti
    con el aleteo de un cuervo que se llama paloma.
    Sólo te puedo dar, destruido, un mundo en llamas.
    Y mientras brindo con agua de regadío
    ya no te ofrezco ni el regalo del cuerpo,
    de tan gastado que está su grito de amor.
    ¿Cuánto costará tu vientre, cuánto pesará el gemido
    si los náufragos de uñas sucias se rascan
    los genitales en público,
    como una declaración de amor impúdica
    a una mujer cualquiera?
    Ahora que las golondrinas vuelan bajo
    y en las palmeras reposan las cotorras gritonas
    haremos de la insolencia un valor de futuro.
    ¿Y, sin embargo, quién espera el canto
    si la voz se enroca en una repisa?
    Hay voces que son como los canarios de la Rambla,
    como el toque repetido de una vieja pelota,
    como estatuas humanas que esperan la moneda
    e inclinan, sonrientes, la sobornable cabeza.
    Otros son un diario que llega de muy lejos:
    un grito con letra capital
    y olor a tinta fresca,
    efímero como la pila que espera su regreso.
    Pero el poema se hace con la vida,
    la informa y la penetra.
    Quien no habla desde fuera no sabe qué hay adentro,
    quien no abraza su centro no puede extremar el canto.
    Que no te dé miedo el infierno, entonces,
    ni el sonido de los hombres relegados
    a una periferia sin orilla.
    Porque la terraza oculta, ahora mismo,
    el machete que nos corta en dos partes siamesas
    y nos desdobla en objeto y palabra.
    La realidad es impenetrable,
    pero oxigena los propósitos.
    Recuerda aquellas selvas imposibles,
    el sueño dulce de las canoas,
    la cerbatana que era presa
    y ahora es, sólo, un poso grosero.
    Este es el cántico de los chamanes
    que mastican ayahuasca
    y pasan, con un delirio estéril,
    por las alcachoferas del Delta y el aeropuerto
    en dirección a Bellvitge y la Florida.
    Podríamos ser así: los buenos salvajes
    de un cuento olvidado, el parque temático
    de todas las bondades rebajadas de precio.
    Poesía totémica bajada al río,
    cuando ya no tenemos tiempo para hablar de lo eterno:
    en Brasil han matado a un jesuita
    y hoy en día ya no reza ni dios.
    ¡Oh, hermano sol, oh, hermana luna!
    Caen los hermanos en pozos estadísticos.
    Nadie observa la expresión de Caín al matar a Abel
    y la satisfacción es mayor que el desahogo.
    Esto responde a una inalterable voluntad de paz
    cuando se lanza la piedra y se esconde la mano.
    (De repente se levanta Lord Byron,
    condenado por la tormenta.
    Una visión terrible le ha sacudido: están todos, ociosos,
    los hombres influyentes de la Estigia,
    hombres sin espíritu, despojos de alcantarilla,
    cuerpos mutilados, sin brazos, descabezados,
    todo sangre y venas, con labios de piedad.
    ¿Dónde está el futuro brillante que a gritos pregonabais?
    Han visto suficientes, demasiadas cosas,
    más allá de las puertas del interrogante.
    Están todos reflejados en los ojos tristes de Virgilio:
    jamás lo volverán a ver tan claro.
    El artífice, el siempre viejo Borges,
    con sus pechos arrugados de anciana ciega,
    echará las cartas de gitana
    y, carta a carta, te leerá el destino
    hasta llegar al Ahorcado:
    sublime manera azarosa de desvelar la propia suerte).
    Pero he venido a enseñarte la verdad: relájate,
    respira tranquilo, el mío es un legado de amor.
    Allí donde anidan las moscas
    reposo desde hace tiempo.
    Esta es la selva, la ley menos natural,
    el peso de una postal que se convierte en urbe
    al entrar a toda pastilla por Can Tunis.
    Y más allá, planeando sin plan,
    están las tres chimeneas
    donde el mundo gira al ritmo de un edén imposible
    para poseerte con ojos de whisky y de caucho
    y dar la vuelta al mundo sin moverte de casa:
    Tibidabo, Sant Mateu, Font Groga,
    catalejos
    desde donde el amor tiembla como un roble africano,
    como un eucalipto australiano,
    como un baobab de Senegal o Gambia.
    Y, de nuevo —al otro lado de la colina del litoral—
    cactus de Costa Llobera y Pi de Formentor:
    ¡Arriba, alma fuerte! Traspasa la niebla
    y enraíza en las alturas, como el árbol de los peñascos.
    Y así, paso a paso, el reto será llegar a buen puerto
    y no caer al mar por la borda,
    ni dejar que te aborden
    con una enciclopedia de la fe,
    con las verdades que son verdades y punto
    y que debes creer para que el juego funcione.
    De hecho te consideran poco lírico,
    pero no siempre mantienes un margen de confianza
    estrecho con la belleza, ni quieres exteriorizar
    tu ridículo ahora que lo bello es feo.
    La poesía no se inventa,
    se descubre bajo las servilletas de la realidad,
    entre la obviedad submarina de los naufragios diarios.
    Hoy, por ejemplo, me he tomado un vaso de agua
    y he pensado que me ahogaba, pero nadie más
    ha tenido esa sensación, al menos
    visualizada de la misma forma.
    Hace falta una cierta música,
    una cierta paradoja del silencio:
    si tú te callas comienza mi turno
    y afirmo, de repente, que este cielo recortado
    es una nueva oportunidad de decir el mundo.
    Pero decirlo no es describirlo,
    es repasar el espinazo que nos condiciona el dolor,
    la piel de la materia entre pecosos bloques de pisos
    y calles arrebatadas a la hierba,
    como un cuero permanente
    que, al vencerlo, nos hace únicos.
    El desvanecimiento es esta palabra
    que excede todos los límites.
    Pero ahora sé que la aguja marca el rojo
    y que el tiempo es una lápida.
    El jardín se desvanece, el mundo me empalaga.
    Y es muy injusto, creedme,
    morir despacio,
    tan despacio,
    una vida tan apresurada.

     

    Traducción: Joan de la Vega y Agustín Calvo Galán